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sábado, 9 de diciembre de 2017

El otro mambí



Pepe Benítez era un  guajiro alto y fornido, que vivió hace muchísimos años  en El Zapatero, hermoso paraje que hoy forma  parte de la presa Cauto del Paso, controladora del río más caudaloso de Cuba.
Cuentan que siempre lo acompañaron su caballo, un ancho sombrero de guano  y el enorme machete, llamado Guámpara, colgado a la cintura, que religiosamente desenvainaba, en los momentos de su arrebato mental; cuando escenificaba un imaginario enfrentamiento contra las tropas españolas, o para picar los huesos de la caldosa cederista del 28 de Septiembre.
A su rancho acudían pocas personas, solía andar desnudo, brincando cercas de un lado a otro, besando a sus vacas… pero el plato fuerte de sus acciones, lo constituía Tuna, la esposa que diariamente obligaba a marchar y a cantar himnos militares.
Pensé en una  crónica inusual y partí a escudriñar los detalles en el “teatro de operaciones”, conociendo lo arriesgado de la aventura.
Al llegar, la noticia me conmovió sobremanera, Pepe había culminado su estancia terrenal, tal vez estaría librando ahora fuertes combates contra los “rayadillos”, en otras partes del universo celestial.
Desilusionado ante el fatídico detalle, me dispuse a retornar a Bayamo, cuando inesperadamente un conocido coterráneo me habló de Luis Cedeño Rodríguez, conocedor de aquellas historias orales que gentilmente versiono a mi manera:   
“Por ese entonces tenía cerca de 14 años de edad -me dijo- cuando  de regreso a casa, dejé el camino acostumbrado para coger la angosta y húmeda  vereda que atravesaba uno de los potreros de su propiedad, era el mejor lugar para ver tan comentada representación difundida de un lado a otro del poblado.
Allí estaba él, en  una esquina de la cerca, tal como me habían contado, de repente  salió como un rayo, montado en  su alazán preferido, iba sobre el  lomo desnudo del animal, con una mano sujetaba las bridas y con la otra lanzaba enormes machetazos, simulando una carga al machete.  
Asustado trepé a lo más alto de un mamoncillo, respiraba grueso y entrecortado, el episodio duraba demasiado y  temía ser víctima mortal de aquel toque a degüello.
En una de aquellas enloquecidas carreras pasó cerca del árbol donde estaba y  me descubrió, viró su corcel  en forma de U y detuvo el caballo, justo debajo del gajo en que me encontraba.
La bestia marcaba con sus patas delanteras los pasos acompasados de un buen jamelgo, en cambio yo, sentía un frío estremecedor en el estómago como jamás en mi vida tuve, se me nubló la visión, pensé en el final de esta aventura, estaba perdido, tal vez víctima de un certero machetazo.

Inesperadamente se llevó la mano a la frente y en gesto de saludo militar  me gritó!:
-Brigadier, dígame, ¿a qué distancia se encuentra el enemigo?
Respiré profundo, una inmensa alegría me invadió el cuerpo, no solo por el  imprevisto ascenso militar conferido en tan difícil situación, sino por sentirme protagonista de  su batalla.
Pepe, miró  a lo lejos, secó el sudor de la frente con el dedo índice derecho  y dijo sonriente:
-¿Contaste las bajas que les hicimos a los “gaitos”?-  y me propuso:
-¡Arriba!, no perdamos más tiempo, monta detrás de mí y vamos a contarle al General los detalles de esta pelea.
-De acuerdo- le dije...pero antes, pediré permiso a mi tía.
Y así el pequeño escapó de aquella  aventura, conociendo que, aún en la perturbada mente de Pepe, sobrevivía la convicción de que una manera de  salvar  a la Patria, es no torcer jamás su estrella.